lunes, 24 de noviembre de 2008

LOS ELÍXIRES DE LA HABANA

2008-11-23.
Richard Roselló, Periodista Independiente

(www.miscelaneasdecuba.net).- Apuntes de un historiador de nombre Jacobo de la Pezuela, señala que La Habana llegó a contar con 3 944 perfumerías en 1862. Era el ramo más prospero del comercio cuando la población cubana sobrepasaba el millón de almas.

El 1822 un discreto peluquero, Francisco Roberto, hizo abrir al público una de las primeras perfumerías de la ciudad. El encargado importó de Europa y para los habaneros, raras pomadas de teñir las canas, botellas de elixir y perfumerías en cajas, polvos y bálsamos para encubrir los novedosos olores citadinos. Este comerciante astuto no imaginaría la fama que aportaría el negoció.

Así era La Habana; una ciudad de aspecto comercial, un centro de tráfico y ganancia. Era el puerto que olía a bergantín. El aire de La Habana olía entonces a almacén de efectos marinos. Atmósfera enrarecida por el tasajo de Montevideo, los tintos españoles en pipas, el bacalao de Noruega o las especias de la India descubrían una ciudad, mezcla de lo extraño y lo pintoresco. Atestados en su muelle esperaban de un largo viaje los perfumes que con lujo ya eran importados en el siglo XVIII por los habaneros, y que antes no podía conseguirse aquí.

En la década del 30a un insipiente despegue de establecimientos de moda hacen su aparición. La ciudad crece; los inmigrantes, los capitales del azúcar, tabaco y café la convierten en una sociedad rica, entre las primeras de América. El agitado comercio de su puerto donde anclan banderas de todas partes del mundo traen a los mercaderes para invertir en La Habana. Corrían los tiempo inolvidables del teatro donde reinaba la opera.

El público en masa acudía presuroso, una noche tras noche, durante seis meses de temporada. Las compañías del bell canto no vienen solas. Traen desde 1834, inaugurado el teatro Tacón de La Habana, a los modistas, sastres, pintores, músicos, peluqueros y perfumistas. La ciudad contaba ya con una red de tiendas especializadas para una alta demanda. Los salones eran el centro del lujo, del gusto y la coquetería.

En pos de los peinados suntuosos, los lindos vestidos y las joyas, la fragancia de La Habana, con su rostro retocado de aceites, polvos y tintes cabría un buen perfume para acompañar a las damas y caballeros al teatro, los paseos y las tertulias. Era preferible el Agua de La Reina, más conocido por Agua de Florida de Murray y Lanman desde Nueva York. Llegó a Cuba en 1835 para el cutis, pero no se hará popular hasta 1860.

Con los avatares del comercio, despuntan los cortes y las formas más recurrentes de vestidos y sombreros. Muchos los encontraremos en los italianos y franceses que vienen de visita a la isla y hacen familia. “Ya puede –como en París–toda dama elegante que sabe vestir, comprar todo lo que a su toilette era necesario”, advertía un cronista.

Lo más raro y precioso, lo fino y exquisito se encerraba en esos productos ultramarinos: pomadas, jabones, dentríficos, elíxires, cosméticos y el agua de colonia en pomos azules de figura piramidal surten los tocadores de las principales familias.

Lo más importado y barato, eran las aguas de colonia de Alemania y Francia. Forradas de mimbres en frascos de cristal a colores, las aguas de colonia engrosaban la larga lista de marcas y fabricantes. Maravillas de la industria de la perfumería entran de Francia, Londres y Alemania. De allí, llega lo selecto para el país. Las aguas de colonia de Atkinso’s White Rosa y la de lavanda de John Gosnell en Londres. De París el agua colonia de Farina es la reina de los tocadores de La Habana fabricados por la Societé Hygiénica.

El auge comercial y de artículos se palpan casi al mediar el siglo cuando la ciudad contaba con 13 peluquerías y 4 perfumerías. Pero al cruzar la media centuria una revolución de establecimientos de moda comienzan; los mercaderes y comisionistas aumentan, los modistas y perfumistas y las artes industriales llegan a pleno boom. Surgen las tiendas y sus industrias al fragor de los adelantos en Europa.

Nombres como: París en calle Tte Rey en 1845; Mompelas el perfumador del Rey de Francia coloca sus productos en una sociedad altamente consumidora. Un perfumero francés, Agard, en 1849, levanta una pequeña fábrica bajo el nombre de Perfumería Habanera. Tenía su tienda en la céntrica calle Obispo, No. 110, esquina Habana y en honor a la ciudad.

En alusión al teatro, el peluquero italiano Carlos Bertelo inaugura el Tocador de la Safo en recordación a la opera de Paccini, en 1849. Basado en otra pieza de la tragedia y el drama La Smolenska, una fábrica en calle Muralla 95 recibe lo mejor de las industrias Lubin, Violet, Mompelas, Maugenet y Cudray. Esta última nos recuerda a una conocida colonia.

Un éxito de los elíxires finos venían de Chardin-Hadancourt en Francia, con su perfumería y peluquería El Buen Tono Habanero. Como homenaje a la actriz del drama, la peluquria y perfumeria La Ristori ocupa en Obispo, entre Villegas y Bernaza un lugar preferido en 1873. La Oriental, otra fabrica y establecimiento surgida en 1852 obtiene premio en la exposición internacional de Filadelfia, en 1877. Mientas que El Brazo Fuerte en calle O’Reilly recibirá lo exclusivo de Liverpool, París y Hamburgo. Igualmente El Bosque de Bolonia de 1885.

Un intento del patio fue el reconocimiento al Bálsamo Habanero, uno de los primeros perfumes cubano en 1848. Lo encontraremos en el despacho en Obispo. Propio también de nuestros esfuerzos fue la perfumería cubana de Crusellas cuyo nombre perpetuará en la memoria. Se inicio en 1863.

Una rica colección de frascos y botellas halladas por arqueólogos en La Habana engrosan lo mejor de su época: los productos de Ed Pinaud, el perfumista de París, los frascos de perfume Oriza de L. Legrand y su gama de lirios, Mignon y Real datado en 1877. Importados además, el perfume The Crown de Londres y los Rowland (1848), junto a los de Gosnell con su rica variedad de Geranio, Jockey Club, Princesa Royal, Napoleón III y la Victoria.

Los descubrimientos no solo se circunscriben a estos: las pomadas de “coldcream” de olores en pomos de cerámica, el jabón líquido, extracto para el pañuelo, vinagres, aceites de olor de Monstur Le Grand de París datado en 1845.

Incluimos los producidos de Gerlain, Cottan, Bully, Tamassler, Lepelletier de 1851. Y los raros líquidos de teñir el pelo bajo el nombre de Agua de Fénix de Persia, así también los polvos dentales con sus cepillos de dientes en 1850 vienen a demostrar que La Habana decimonónica vivía para pagar los gustos y hasta ultimo grito de la moda.

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